UN PUENTE SOBRE EL DRINA PDF

Nunca sus materiales, aquellos de los que se vale el autor, llegan a degradar el alto nivel del todo. Por momentos parece que el relato discurriese por la senda ejemplarizante de cierta literatura, mas enaltecido por la ausencia de moralinas y de sentencias edificantes. Sobre sus piedras consuman los juerguistas grandes borracheras, y las nuevas generaciones de estudiantes filosofan sobre el mundo y rivalizan en amores. Es en una losa de la kapia donde se emplazan bandos y proclamas oficiales del gobierno turco primero, luego del poder habsburgo. En la terraza discuten los musulmanes, ya en el siglo XIX, las medidas a seguir para enfrentar el avance de las tropas cristianas. Lo lamentable es que los azares de la historia confirmen a veces -tal vez con demasiada frecuencia- la precariedad de impresiones como aquella.

Author:Nirg Bagis
Country:Great Britain
Language:English (Spanish)
Genre:Spiritual
Published (Last):8 April 2013
Pages:286
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ISBN:174-6-22992-912-4
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Nunca sus materiales, aquellos de los que se vale el autor, llegan a degradar el alto nivel del todo. Por momentos parece que el relato discurriese por la senda ejemplarizante de cierta literatura, mas enaltecido por la ausencia de moralinas y de sentencias edificantes. Sobre sus piedras consuman los juerguistas grandes borracheras, y las nuevas generaciones de estudiantes filosofan sobre el mundo y rivalizan en amores. Es en una losa de la kapia donde se emplazan bandos y proclamas oficiales del gobierno turco primero, luego del poder habsburgo.

En la terraza discuten los musulmanes, ya en el siglo XIX, las medidas a seguir para enfrentar el avance de las tropas cristianas. Lo lamentable es que los azares de la historia confirmen a veces -tal vez con demasiada frecuencia- la precariedad de impresiones como aquella.

Se trata del Rzav, franqueado por un puente de madera. A esta parte del puente se le llama la "kapia". Ambas terrazas, sin embargo, son completamente independientes y carecen de techo.

En el centro del parapeto, el muro se alza y sobrepasa la altura de un hombre. Eso es la kapia. Un visir es algo brillante, considerable, terrible y poco claro en la conciencia de los muchachos. Inmediatamente se pusieron a buscar a tales criaturas por toda Bosnia. Al fin los guardias encontraron en un pueblo lejano dos gemelos de pecho y se los llevaron, a la fuerza, en virtud del poder del visir.

Pero su madre no quiso separarse de ellos. Estas aberturas eran unas falsas ventanas, practicadas con arte, estrechas como aspilleras, en las cuales actualmente las palomas torcaces hacen su nido. A quien se le aparece, debe morir. Se ponen todos de acuerdo para mirar fijamente y para que el primero que vea algo lance un grito. Y no hay precedente de que nunca nadie haya conseguido disuadir a alguno de los otros, ni de que alguno haya cambiado su punto de vista.

Nada crece ni florece salvo una hierbecilla, dura y punzante como un alambre de acero. Las bodas y los entierros no pueden cruzar el puente sin detenerse en la kapia.

Habitualmente, las bodas se preparan y el cortejo se alinea en la kapia antes de hacer su entrada en el centro de la ciudad. El invierno, por supuesto, no puede ser contado. Entonces, por supuesto, nadie se detiene en las terrazas abiertas de la kapia. No se puede sin duda negar que los vichegradeses, si se les compara con los habitantes de otras ciudades, han sido considerados como personas ligeras, inclinadas a los placeres y al gasto.

Cuando se acercaban demasiado, los caballeros del aga, aullando, las dispersaban a fustazos lanzando sobre ellas sus caballos. El visir, en esos instantes, esperaba con los ojos cerrados que se alejase la negra cuchilla y que el dolor cediese.

He de deciros que esos rumores no son ni imaginarios ni exagerados. Ciertamente, bajo mi tilo no hay sombra. Los hombres salieron de la tienda estrecha y sofocante. Aquellos trabajos se ejecutaron en su mayor parte gracias a la leva. Al principio, eran unos treinta. Su ayudante era un negro, un verdadero negro, un muchacho alegre a quien toda la ciudad y todos los obreros llamaban el negro. Sobre la orilla escarpada trabajaban los tallistas de piedra. La ciudad se ha transformado en un infierno, en una danza embrujada de asuntos incomprensibles, de humo, de polvo, de clamores y de tumulto.

Todo aquello se parece a cualquier cosa, menos a un puente. A caballo, los esbirros de Abidaga van aprehendiendo a todos los cristianos, ya sean campesinos o gente de la ciudad, para llevarlos a trabajar al puente.

Los cristianos de la ciudad eran rescatados por una propina. Los muchachos del campo trataban de huir al bosque, pero en su lugar eran llevados como rehenes miembros de sus familias, a menudo, incluso mujeres. Pero Abidaga sigue sin detener los trabajos. Estalla de ira como si fuese culpa de ellos el que amanezca tarde y anochezca pronto. Son todos gentes de la leva, aldeanos de los alrededores, pobres gentes, cristianos, siervos.

Esas gentes secan sus obojak 1 junto al fuego, mezclan sus opanci o sencillamente contemplan la brasa. Todos contemplan al montenegrino como si lo viesen por primera vez y observan la guzla que desaparece entre sus grandes manos. Mientras hace todo esto, consciente y tranquilo, como si estuviese solo en el mundo, todos lo miran fijamente. Por fin vibra un primer sonido, estridente y ronco.

Mihailo, el escanciador, sirve el vino y su hermana Kandosia ilumina la estancia con el resplandor de las piedras preciosas que brillan en su pecho….

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Un puente sobre el Drina

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UN PUENTE SOBRE EL DRINA

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